¿Nunca habéis tenido esa sensación de que es preferible estar solo? ¿De que no podéis confiar en nadie? ¿De que no podéis estar seguros de absolutamente nada, nunca más?

La confianza debería ser uno de los bienes más preciados por las personas; no sólo la que ponen y ponemos en nosotros, sino la que nosotros mismos ponemos en los demás. Debería venir en el formato de cajita de caramelos no infinitos que pudiéramos llevar siempre en el bolsillo de la chaqueta. Así no iríamos derrochándola por ahí. Porque, una vez la has dado, una vez la has depositado en alguien, la confianza se vuelve irrecuperable. Lamentablemente irrecuperable.

Una vez depositas tu confianza en alguien, asumes que este ha depositado la suya en ti. El tiempo que pasáis juntos sirve de abono para esa confianza, la hace crecer cada día un poquito más; vas sintiéndote cada vez más irremediablemente unido a esa persona, y te alegras por ello, porque, al fin y al cabo, el ser humano es una animal social y necesita establecer relaciones con otros seres humanos. Necesita confiar. Quiere confiar.

Y confiamos: en la persona, en el futuro, en las palabras. Tal vez experiencias anteriores nos hayan dicho que no es buena idea confiar demasiado, pero… ¡Qué demonios! ¿Para qué está esa piedra en mitad del camino, más que para tropezar con ella todas las veces que se pueda? No importa que te rompas la cabeza contra el suelo en la caída –o peor aún, el corazón; siempre está esa vocecilla ahí, que te invita a pensar que esta vez va a ser distinto, que esta vez tu confianza no ha caído en saco roto. 

Y cuando descubres que una vez más esa maldita piedra se ha interpuesto en tu camino, ya es demasiado tarde: les has dado tu confianza, les has contado tus secretos, has hecho mil planes maravillosos que ahora nunca llegarán a puerto. Y lo peor es que, muchas veces, la confianza te ha hecho contarles como te “rompiste la cabeza contra el suelo” la vez anterior, y la anterior, y la anterior… Y seguramente te hayan comprendido (o eso hayan dicho). Pero no les ha importado, porque una vez más estás ahí, tirada en mitad del camino, preguntándote de dónde cojones ha salido esa estúpida piedra

Puede pasar una vez. Puede pasar dos. Hasta tres. Pero como ya he dicho, esos “caramelos de confianza” no son infinitos, y cada vez te cuesta más darlos. Porque, ¿cómo vas a confiar una vez más? ¿Cómo puedes estar seguro de que esta vez no va a ser igual? ¿No sería preferible estar solo?

Este post va por todos los caídos, los que se han ido de tu lado porque así han querido, los que te han hecho sentir abandonado, los que han hecho que dudes a la hora de confiar en otras personas, los que han ido agotando tu cajita de caramelos. Los que te han convertido –para bien o para mal– en un tacaño de la confianza.

Por todos aquellos que te ayudaron una y otra vez a tropezar con la misma piedra. Casi deberíamos estarles agradecidos. Al fin y al cabo, es de los errores de lo que se aprende.

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